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Maha Akhtar

VISIONARIO.

Maha Akhtar

Pasión y lágrimas por Oriente  

texto: Redacción Ritmo Social
Mujer autosuficiente, Maha Akhtar tiene mucho de libanesa y de norteamericana, pero también de india y de española. Su personalidad arrolladora es preludio y reflejo de la voz que posee como escritora con un vasto conocimiento de las situaciones que relata, documentándose en vivo y con los personajes que introduce, siempre basándose en la realidad.
Su nombre se pronuncia como la “j” en castellano y efectivamente hace honor a su nombre Maha (Maja), que bien podría ser una maja de los retratos del genial Francisco de Goya, con un rostro suave y angelical, una voz cadenciosa y cálida, lo mismo que se exprese en castellano o en cualquiera de los más de siete idiomas que domina.
Pasó por Madrid para presentar su última novela titulada “Medianoche en Damasco”, una obra muy actual que protagoniza un militar “que existe en la realidad, con quien me he entrevistado muchas veces y vive en París”, –comenta la escritora– y relatando unos hechos que están presentes en los informativos de todo el mundo.

 

Aunque de entrada quiere dejar claro que la historia, basada en hechos y personajes reales, es una ficción con varios matices y capas en un entorno como es la Siria actual, enmarcada en una terrible guerra civil en la que se está desangrando.
“Soy un poco una gitana. Cuando voy a España, en Madrid o Sevilla, me siento como si fuera mi casa. Lo mismo me ocurre en Nueva York, en Beirut o en la India. Entre la cultura española, especialmente en el sur, y la libanesa, que es también una cultura mediterránea, existen factores comunes, por ejemplo, el valor que se da a la familia o la gastronomía”, dice la escritora que, antes de dedicarse al periodismo y la literatura, fue bailarina. “El baile me ha fascinado desde siempre.

Me encanta la música, el ritmo, la libertad que te da el arte, la posibilidad de expresarte y perderte en el baile como forma de expresión. Tengo muchas facetas. También soy sumiller de vinos en Nueva York, porque en los últimos años hay personas que buscan colecciones de vinos lo mismo que existen las colecciones de arte, y es otro de mis trabajos que tengo en el bolsillo, por si lo necesito, porque todos tenemos que llegar a fin de mes”, expresa entre risas. Pero, ¿cuál fue el trago más difícil al escribir “La nieta de la mahariní”?

“Fue duro, como le digo, pero contar las relaciones con mi madre, que me abandonó, me dejó sola y no me explicó por qué; incluso el averiguar, con 40 años, que a quien creía mi padre no lo era y que era hija del hijo que tuvieron el maharajá y Anita Delgado. Si esa confesión me la hubiese hecho más joven, lo habría encajado mejor”.