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La maldición de los Trussardi

La maldición de los Trussardi

Esta es la historia de una de las dinastías más importantes de la moda italiana, junto a los Fendi, Missoni, Etro y Ferragamo. Su patriarca y su heredero murieron en un catastrófico accidente, en diferentes momentos, en la misma carretera. Desde entonces inició una «maldición familiar» que les marcó hasta la nueva generación que lucha por rescatar la elegancia innata y esencia que siempre caracterizó a todos los que llevaban el apellido.

Cualquier guionista encontraría en el drama de esta familia un argumento perfecto para una historia donde hay de todo: ambición, talento, dinero, belleza, pasión, éxito y demasiadas muertes como para que todo fuera redondo. Fue el padre de los dos homenajeados, Nicola, quien hizo el imperio, allá por los años 70, al reinventar la fábrica que crearon sus tíos y situarla en las capitales más importantes del mundo, desde Europa hasta Estados Unidos, con especial influencia en el Hollywood de los 80. El sueño se quebró cuando en 1999, tras salir de una presentación impresionante en Milan, Trussardi fallecía en accidente de tráfico al regresar en su Mercedes a su casa de Bergamo.

Su viuda y sus cuatro hermosos hijos se quedaban desolados y rotos con esa ausencia. Pero no fue lo peor. Apenas tres años después su hijo Francesco, que junto a su hermana Beatriz se había puesto al frente del negocio, moría en carretera a bordo de su Ferrari. De ese golpe fue mas complicado recuperarse pero el resultado es que hoy tanto la viuda como los tres hijos son los que siguen con la expansión de esta firma que mantiene su esencia y su prestigio.

Breve historia de la firma

Nicola Trussardi

El Grupo Trussardi se funda en Bérgamo en 1911 como taller para la producción y distribución de guantes de lujo. La sociedad fundada por Dante se convierte en una de las empresas más exitosas en el mercado internacional de los accesorios, hasta el punto de ser nombrada proveedor oficial de la Familia Real Británica.

En los años 60, Nicola Trussardi lleva la tradición de la peletería a otro nivel, combinando materiales de calidad con diseño de vanguardia e investigación en el tratamiento de la piel, empezando con la producción de bolsos, maletas y accesorios para el hogar y sentando las verdaderas primeras bases de la que pronto se convertirá en la marca del estilo de vida italiano por excelencia.

La primera firma en adoptar un símbolo

En 1973 Trussardi es la primera firma de moda en adoptar un símbolo que identifica todos sus productos: el Galgo, icono de agilidad y dinamismo; en 1976 se inaugura la primera boutique Trussardi en Milán, en Via Sant’Andrea.

La revolución continua en los años 80. Trussardi lanza la colección “prêt-à-porter” y colabora con algunas de las más prestigiosos marcas italianas como Alitalia, Garelli, Agusta y Alfa Romeo, contribuyendo a su consagración como empresas sinónimo del más auténtico estilo italiano.

La primera mitad de la década, en particular, marca un nuevo capítulo en la historia de la marca y la moda en general. En 1984 Trussardi traslada el desfile de su colección de mujer otoño-invierno a la Piazza del Duomo de Milán, convirtiéndose en la primera marca del mundo en llevar la moda fuera de los espacios más “exclusivos” para abrirse y dirigirse directamente al público.

El Galgo.

En 1996, también en el centro de Milán, en uno de los símbolos por excelencia de la ciudad, se inaugura Trussardi alla Scala, primer edificio emblema del mundo de la moda que acoge un showroom, una boutique, un espacio dedicado al Café y un restaurante que en 2009 se amplía con una terraza de cristal diseñada por el estudio Carlo Ratti Associati, situada bajo el primer jardín vertical de Italia de Patrick Blanc.

El origen de la maldición

Bergamo, ciudad italiana hacia el noreste de Milán donde inició el legado en la moda de los Trussardi.

Esta narrativa es opuesta, muestra cómo llegar de la cúspide al más terrible de los subterráneos. Mientras Italia entera despedía a su «último rey», Giovanni Agnelli, patriarca de la Fiat, la noticia de la muerte del hijo de Nicola Trussardi en las mismas circunstancias dramáticas que su padre asestó un golpe doloroso a millones de admiradores de una dinastía de estilistas famosa en el mundo desde que, en 1910, Dante Trussardi (abuelo de Nicola, el diseñador) confeccionaba en Bergamo los guantes de piel más elegantes de la historia del curtido.

Francesco Trussardi, de 29 años, conducía un Ferrari 360 a alta velocidad camino de su casa a las cuatro de la madrugada cuando, por algún motivo, impactó contra un grueso poste eléctrico. Era lo mismo que le había sucedido a su padre, Nicola Trussardi, en la madrugada del 14 de abril de 1999 cuando regresaba a su casa de Bergamo al volante de un Mercedes coupé 210 CLK. El violentísimo choque contra un poste separador de tráfico convirtió el automóvil en un amasijo irreconocible, y los bomberos tuvieron que trabajar con sopletes durante hora y media para poder extraer el cuerpo del diseñador.

Francesco y Nicola Trussardi

Desde la muerte de Nicolás, su hijo Francesco había quedado a la cabeza de la firma que ahora se pensaba que había quedado totalmente huérfana. Aquella trágica noche del accidente, Nicola Trussardi volvía satisfecho a casa después de inaugurar su vistoso taller-exposición, con bar y biblioteca, en la Piazza de la Scala de Milán. Su hijo Francesco fue, desde entonces, el punto de apoyo de la familia y el sucesor al frente del negocio que tiene como emblema un perro, símbolo de agilidad, elegancia y buen gusto. Por desgracia, padre e hijo, también compartían pasión por la velocidad.

Todo por la velocidad

Nicola Trussardi, quien murió en 1999 con 56 años, fue en lo personal un abstemio y experto conductor. El Mercedes, con el interior diseñado por él mismo, se estrelló en una carretera de circunvalación de Milán cuando regresaba a casa, después de una maratónica jornada de trabajo.

Informes posteriores determinaron que el empresario pudo quedarse dormido al volante. Pero solo son meras hipótesis. Criticado por su íntima amistad con el difunto líder socialista Bettino Craxi, a Trussardi, licenciado en Economía, no le quedó más remedio que tomar las riendas de la compañía tras el fallecimiento de su hermano mayor. La muerte empezó a ensañarse con esta saga, que en 2013 facturó más de 153 millones de euros.

Los aportes de Dante, Nicola y Franceso: Abuelo, padre e hijo

Nicola Trussardi inventó nuevas técnicas de curtido y creó diversas líneas de perfumes, pret-a-porter, alta costura, jeans y prendas deportivas que tenían en común el estilo personal de su creador, un cultísimo amante del arte en el país de los genios renacentistas, que representaba en versión moderna, dotada también de dinamismo empresarial. Fue quien puso en órbita el humilde negocio de guantes de piel fundado en 1911 por su abuelo Dante. Nada glamuroso para lo que hoy representa este legendario apellido.

Con la ayuda de su esposa, Maria Luisa Gavazzeni, Nicolas logró algo impensable: transformar una firma provinciana de la llanura padana en objeto de deseo de las estrellas de Hollywood. Su trágica muerte a punto estuvo de truncar la historia de la firma del lebrel, logo de los Trussardi desde 1973. Francesco, su hijo y rico heredero, cargó sobre sus espaldas con el peso del imperio familiar. Abandonó las fiestas que tanto le apasionaban y se encerró en los despachos, donde llegó a pasar más de 12 horas diarias. La típica historia del niño bien que trata de redimirse y supera con sobresaliente semejante desafío.

Pero a Trussardi Junior, como se le conocía en los círculos empresariales milaneses, le pudo la pasión por la velocidad. Eran famosos sus encuentros con las estrellas de la Fórmula 1. Su destino parecía marcado. Perdió la vida recién cumplidos sus 29 años y llevaba cuatro al frente de la compañía junto a su hermana mayor, Beatrice. El Ferrari 360 que conducía a 200 kilómetros por hora terminó empotrado contra un poste eléctrico. Los Trussardi necesitaban reinventarse otra vez.

A la ‘mamma’ no le quedó más remedio que sacar fuerzas de flaqueza. La familia reorganizó la estructura empresarial. El diseñador Umit Benan se hizo cargo de la dirección creativa, pero el experimento resultó fallido, ya que sólo aguantó un par de temporadas. De hecho, algunos editores llegaron a tildar sus colecciones de «caóticas» y terminó pasando sin pena ni gloria.

Las caras actuales del relevo: los hermanos Gaia y Tomaso Trussardi

En un momento en que el lujo italiano pisaba el acelerador, el fin de siglo estuvo a punto de convertirse también en un fin de raza para los Trussardi. Mientras la familia superaba el duelo, los directores creativos externos se sucedían sin éxito y Tomaso y Gaia (hijos de Nicole y hermanos de Francesco) estudiaban empresariales y sociología. Hoy, pasada la treintena, han vuelto a casa: Gaia es la directora creativa y Tomaso el consejero delegado. Y sus nombramientos, como suele suceder en los grandes negocios, no gustaron a todos.

Lo que menos se imaginaban los Trussardi es que tenían el relevo dentro de casa: la pequeña Gaia y Tomaso. A la benjamina le pasó lo que a tantas herederas , que no entraba en sus planes trabajar en el negocio familiar, pero ahora está encantada.

Cuando se tomó la decisión de que Tomaso y Gaia tomaran las riendas, explican: “Aquel día el director general presentó su dimisión”, recuerda con una sonrisa irónica. ¿Le pilló por sorpresa? “En el fondo nos lo esperábamos, queríamos generar una ruptura respecto a lo anterior, y por eso hicimos lo que hicimos”, explica. Otro órdago. Los inicios nunca son fáciles, pero en su caso se convirtieron en un campo de minas, o una catarsis corporativa, según se mire. “En estos primeros tres años ha cambiado el 90% del consejo de administración, así que imagino que no les gustaba mi presencia”, bromeó Tomaso para una publicación Italiana.

Gaia

Gaia es el alma artística de la familia. Ella soñaba con ser directora de cine, actriz, fotógrafa e incluso cantante. «Siempre he sido muy creativa», detalla. De hecho, al terminar la universidad, pasó un año en Londres, donde se dedicó a componer y grabar canciones. Licenciada en Sociología, nunca estudió diseño, pero los lazos de sangre terminaron orientando su talento hacia el mundo de la moda. Arraigó «el sentimiento profundo» de formar parte de «mi familia y de la empresa que considero algo muy mío. En Italia es muy típica la identificación de la familia y el negocio», develó a la revista ‘Telva’.

No se puede decir que Gaia, a la que nunca le ha fascinado el lujo, desconociera los entresijos de la empresa. En vez de jugar con los demás niños en el parque, sus padres la llevaban a ella y a sus hermanos a la fábrica. «Viéndoles aprendí a cómo se debe trabajar», afirma.

No solo eso. Junto a su hermano Tomaso, ha participado desde pequeña en numerosas campañas publicitarias de la firma y hasta posado, como en 1997, para el genial Richard Avedon. También ha ido del brazo de su padre, «un pionero de espíritu futurista al que se le ocurrían mil ideas por minuto», a numerosas fiestas cuando su madre se quedaba «cansada» en casa. Tiene subrayada en rojo la cena de presentación de la revista ‘George’, que dirigía el difunto John John Kennedy, hijo del expresidente de Estados Unidos: «Allí estaban todas las estilistas y yo, una jovencita de 16 años y de pueblo, que no sabía muy bien cómo comportarme».

Pese a desfilar con soltura, Gaia admite que no se sentía «muy cómoda» haciendo de modelo. «Mi padre, una persona sencilla y entrañable, nos educó siempre para ser humildes y estar en un segundo plano», argumenta. Acostumbrada a moverse en Vespa por las calles milanesas, a Gaia casi siempre le surgen las ideas yendo en coche o en bicicleta. «Son dos momentos en los que mi cerebro es libre», confiesa.

Curiosamente, algunas colecciones han nacido en la misma carretera donde su padre y hermano perdieron la vida. Por la que tantas veces circula cuando se dirige al formidable palacio que el clan posee en Bérgamo a consultar los archivos de la casa. «Bastó un minuto para crear en mi cabeza una línea inspirada en los camiones americanos tras cruzarme en la carretera con dos vehículos, uno amarillo y otro ‘rosa shocking’». Así es como surgieron las camisetas con serigrafía con Lorry Drivers, estrellas glitter.

Tomaso

Tomaso nació en 1983, el mismo año en que Trussardi ponía patas arriba la plaza del Duomo de Milán para celebrar el primer desfile de de prêt à porter de la marca. “Mi padre solía llevarnos a la fábrica cada fin de semana, así que siempre pensé que acabaría trabajando allí”, recuerda. Durante aquellos primeros años noventa, los propios Trussardi empezaron a ejercer como imagen de la marca. No hay mejor recurso de mercadotecnia que unos buenos genes, y los Trussardi los tienen.

Para muestra, la fotogenia de Francesco, el primogénito, o del propio Tomaso que, junto a su hermana Gaia, posaba junto a los signos de la herencia de vida familiar: perro de raza, coche de lujo y finca. Fue en 1998, un año antes de que su mundo familiar se desmoronara.

Lo que sí parece claro, ahora que las aguas han vuelto a su cauce, es que el joven Tomaso ya tenía algo en mente: una dirección “más joven y más adaptada al siglo XXI”, explica. “No podíamos seguir manteniendo un modelo de negocio propio de los años ochenta y noventa, cuando una estrategia acertada podía funcionar por inercia durante cinco años”.

Tomaso tiene un sentido del espectáculo más mesurado, quizás porque le ha tocado vivir la celebridad muy de cerca. “Pero eso es por mi mujer”, se adelanta antes de que saquemos el tema. Ese tema. El de su mujer, Michelle Hunziker, presentadora estrella de la televisión italiana (ella, de 38 años, nació en Suiza, pero ha desarrollado buena parte de su vida en Italia) y exmujer del cantante Eros Ramazzotti, con el que tiene un hijo. Desde su boda, el año pasado, forma con Tomaso una pareja idílica y profusamente fotografiada por la prensa del corazón.

Han tenido dos hijos y, siguiendo sus consejos, el joven empresario se ha animado a cruzar la línea de fuego de la respetabilidad para participar en programas televisivos como la versión italiana de Project Runway, donde aporta su visión empresarial a los aspirantes. También ha dejado de agobiarse por la presencia de los paparazzi en un momento en que la marca familiar está adquiriendo, por fin, una identidad clara. “La visibilidad que generamos es buena para la marca y muchas personas en mi posición la querrían para ellos. Es así. Sería cínico si no lo reconociera”, explica con vehemencia. Y tiene razón.

Pocas empresas tienen tan clara cuál es su mejor imagen. ¿Por qué buscar fuera lo que ya se tiene en casa?, piensan en Trussardi. Y quizás en ello resida la clave de la longevidad de la firma: en creer firmemente que todo funciona mejor si lleva el apellido familiar.