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Amaya, espacio, color, luz

REPORTAJE ESPECIAL.

Amaya, espacio, color, luz

El Museo de Arte Moderno, inicia su programación después de la Bienal, con una exposición de escultura que recordaremos.

Texto y fotos: Marianne de Tolentino

Discreta, serena, equilibrada, así se nos presenta Amaya Salazar. Una definición muy incompleta, ya que es una artista cuya diversidad y fuerza de expresión redescubrimos en cada exposición. Algo hay siempre que hace esperar su voluntad de encontrar nuevas soluciones creativas… Sin embargo, ese despliegue retrospectivo de esculturas en el Museo de Arte Moderno, lo consideramos un acontecimiento en su fructífera carrera. “Amaya, espacio, color, luz”, más allá de una propuesta en el tiempo, expresa la madurez , decidida y audaz.

Amaya de siempre 

Amaya Salazar ha optado, en el dibujo, la pintura y más tarde en la escultura, por un tratamiento armonioso de la figura humana. El temperamento sosegado y los ideales favorecieron naturalmente un culto de la belleza, autorrealización alcanzada por un trabajo permanente e intenso. 

Sus personajes se entregan a la contemplación y el reposo, al diálogo y el afecto. Estas actitudes reflejan la paz interior –¿un autorretrato sicológico?–, evitando los trastornos de nuestra atribulada época.

No surgieron conflictos estilísticos ni contraposición estructural cuando Amaya introdujo en su obra el paisaje, sino un enriquecimiento. El paisaje dominicano necesita a cultores modernos, un sello personal que descubre una fuente de inspiración

Tampoco, ha borrado el pasado, reciente en su caso. Ella agregó temas, formas y técnicas, relieves, cortes y transparencias. La naturaleza indujo aun una magia cromática, con tonos altisonantes e irradiantes.

La artista ha elegido “su” actualidad, entre la pintura y la escultura cada vez más presente. Aquella vena escultórica nos remitía a una sensibilidad, conocida y particular: formatos pequeños, temas humanos paralelos a aquellos de la pintura. La resina hizo su aparición como material, aliada con el metal y la madera.

Surgieron las palmeras, dotadas de una vida especial, alejándose de la realidad y proponiendo una nueva… Las líneas verticales introducían una geometría ascendente, con hojas breves, dinámicas, gestuales aún. 

Sigilosamente, con esta (con)versión tropical y otros aportes tridimensionales, la escultura iba tomando mayor importancia en la investigación y producción de Amaya Salazar… hasta llegar a la individual impresionante del Museo de Arte Moderno. 

 Bienvenida… a la exposición

Amaya nos dio la bienvenida, la dio dos veces. La primera sobrentiende un cambio –anunciado– de categoría plástica. La segunda… son palabras: “Bienvenidos” en español y “Ongi Etorri” en vasco (idioma ancestral de la artista). Además, esta bienvenida propició una instalación, animada con cubos, muy lograda en definición y extensión… otra sorpresa. 

Por cierto, la museografía de Binguene, colaboradora y sobrina, dio realce a la exposición desde las primeras obras, con su ambientación natural de vegetación y piedra. La disposición de las esculturas, en cinco secciones, luce espontánea –arte de una buena escenografía–, los formatos dialogan sin una sistematización, y los temas se articulan, facilitando el circuito de la visita. 

Amaya mantiene su paleta de pintora: los colores ascienden en calidez e intensidad: rojo, amarillo, verde, azules, hasta el negro se hace luminoso. Hay ciertamente una intención pictórica, pero la misma no disminuye la elegancia de la volumetría… que puede ser una superficie plana, calada, abierta, duplicando sus efectos gracias a la sombra, o dotada de corporalidad armoniosa, metáfora de personajes, muy suyos.

Estos “volúmenes de espacio” emiten una vibración poética. La figuración se alía a la abstracción, la realidad al simbolismo, en esculturas y estructuras, desde la naturaleza floral y las criaturas reales-imaginarias hasta una geometría sensible que privilegia el cubo… Por cierto, instalación espectacular velada por una cortina, las caras horadadas de un cubo gigante multiplican la luz y proyectan sombras. ¡Amaya incursiona en el arte óptico!

Una antología hacia el porvenir

Aunque en las retrospectivas, hoy el itinerario cronológico no manda, Amaya Salazar ha preferido presentar una antología de sus investigaciones escultóricas. Este caudal sobrentiende etapas futuras, atractivas e imprevisibles si valoramos las direcciones tan diferentes que su obra emprendió. 

Aun cuando Amaya se entregaba a la pintura, a los temas del amor, de la vida y del ser humano, tuvimos la premonición de un cambio conceptual y técnico, al través de un mural tridimensional, verdadera instalación escultórica –protegida por un vidrio–, en el espacio de acceso y piso superior de un hotel hoy desparecido. La obra nos fascinó. Era una nueva Amaya… Ella ha desarrollado esta otra dimensión, ahora la disfrutamos plena y totalmente.

Concluiremos con palabras de la gran escultora francesa Camille Claudel, que casualmente no dejan de evocar la evolución de Amaya Salazar: “La idea no me basta, la quiero vestir de púrpura y coronarla de oro”.

“Equilibrio” y “Espacio” no solo refieren a las áreas, ilustradas por obras bien colocadas, sino a una constante en todas las piezas que transmiten un mensaje. La espiritualidad es omnipresente, hasta en aquella curiosa ventana, abstracta a primera vista…

Marianne Tolentino
Decana de la crítica de arte en nuestro país y una de las analistas de arte más reconocidas a nivel nacional
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