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COLUMNA

Gabriela-LlanosGabriela Llanos

«Yo, Me, Mi, Conmigo»

ESCENA EXTERIOR/ DÍA SOLEADO- UN FORD B V8 TRANSITA POR UNA CARRETERA DE TIERRA EN LUISIANA, EE. UU. El vehículo es de color negro, prácticamente de estreno. Dentro, hay una joven pareja aparentemente despreocupada. Ella, en el asiento del copiloto, va desayunando un sándwich mientras ojea un mapa que sostiene sobre las rodillas. Él va conduciendo, atento al camino. Ambos son hermosos. Él tiene el cabello oscuro, figura delgada, ojos azules y una deliberada sofisticación. Ella lleva un traje de chaqueta rojo, típico de los años 30, con el cabello rubio enmarcando su rostro ovalado, coronando la frente con un coqueto flequillo. Ella advierte la presencia de un hombre mayor en el camino, pero no se asusta; iban a su encuentro. Es un granjero, regordete, vistiendo un overol de trabajo y un sobrero de paja, dejando al descubierto los brazos bronceados que hacen señas para que la pareja se detenga. Ella le sonríe; él baja del coche. Ella observa sin especial interés; él saluda al hombre mayor. Se escucha un ruido: un vehículo se acerca a toda velocidad. El hombre mayor huye temeroso. Ella y él se miran un instante antes de ser acribillados. (PELÍCULA “BONNIE & CLYDE” DE ARTHUR PENN).

Pasada la ceremonia de los Óscar, mi intención era centrar esta columna en Mánchester frente al mar, la película que, a mi juicio, arrasa en emociones demoliendo cualquier posibilidad para la esperanza; todo esto concentrado en el papel que interpreta Cassey Affleck (el hermano menor de Ben), quien se llevó, como era de esperarse, la estatuilla que reconoce a la mejor actuación masculina del año. Pero la velada, y los vericuetos de las transmisiones en directo, me hicieron cambiar de opinión por dos motivos: primero, por la sorpresa de ver a la pareja más carismática de la historia del cine convocada para entregar el galardón a la mejor película, juntos 50 años después del exitoso filme Bonnie & Clyde, que los condujo a la mismísima cima de Hollywood; y segundo, por tener que digerir lo despiadados que han sido el tiempo y las cirugías con sus otrora hermosos protagonistas: Warren Beatty y Faye Dunaway.

Mientras veía los Óscar por televisión iba revisando las redes sociales y allí, concretamente en un comentario del escritor español, Fernando Marías, encontré la explicación más acertada al despropósito que ocurrió a la hora de entregar el galardón a la mejor película del año: “Bonnie Parker y Clyde Barrow reaparecieron en la entrega de los Óscar para dar su último golpe frente a millones de espectadores. Todos vimos cómo la relación entre ambas leyendas sigue siendo la misma: Bonnie ordena cometer la tropelía y Clyde, como un perrito obediente, acata las órdenes”, escribía mi talentoso amigo, provocando que mi memoria viajara, inevitablemente, a las seductoras imágenes de la película basada en la vida real de los dos jóvenes delincuentes.

Por todos es conocida la historia criminal de Bonnie & Clyde: considerados “enemigos públicos” durante la época de la Gran Depresión en los Estados Unidos, comenzaron haciendo pequeños asaltos a tiendas y gasolineras hasta que, tras un traumático paso de Clyde Barrow por una terrible prisión en Texas, la banda que llevaba su apellido se dedicó al crimen organizado. Fueron dos años los que estuvieron delinquiendo, escapando, huyendo a ninguna parte… los suficientes para pasar a la eternidad como la pareja de amantes que murió acribillada mirándose a los ojos. Y de eso, precisamente, me gustaría reflexionar porque… ¿hubiese existido Bonnie sin Clyde o viceversa? ¿Qué habría ocurrido con ellos dos si no llegan a coincidir en casa de una amiga común? ¿Se hubiese dedicado Bonnie a la poesía? ¿Habría sobrevivido Clyde a aquella sangrienta cárcel si no le estuviese estado esperando su “querida niña”? En definitiva: ¿qué sería de nosotros, de ustedes, de mí misma, si no nos hubiésemos topado con esas personas que determinaron nuestra vida a esas edades en las que apenas comenzábamos a vivir?

Bonnie Parker tenía 19 años cuando conoció al que sería su gran amor, Clyde Barrow, de 20 años. La película, protagonizada por Warren Beatty y Faye Dunaway, nos muestra a una chica manipuladora, el cerebro de los entuertos en los que se metía junto a su novio, aparentemente fría y calculadora, amante del peligro. Sin embargo, revisando su biografía, algunos exmiembros de la banda de los Barrow y algunos familiares que le sobrevivieron, afirman que “Bonnie era una buena chica, que le gustaba escribir poemas, que nunca le disparó a nadie”, pero que estaba enamorada hasta los huesos y hubiese seguido a Clyde Barrow hasta el mismísimo infierno.

 

No puedo evitar preguntarme si la bella Bonnie llegó a plantearse si le gustaban las pistolas antes de conocer a Clyde, si le gustaban los coches Ford o el color azul; me pregunto también si el apuesto Clyde amaba los picnic en el campo o escribir cartas románticas antes de que Bonnie entrase en su vida, si tuvieron tiempo de practicar el “yo, me, mi, conmigo”, la mágica receta gramatical que nos define como personas únicas, delimitadas, con su filias, sus fobias, opiniones, sueños y deseos.

Y no me malinterpreten, mis queridos lectores, pues no estoy fundamentando que el haber sido contaminados por las opiniones, gustos y deseos de los demás, especialmente de nuestras parejas, no nos haya ayudado a conocernos, a descubrirnos, a madurar… pero sí les recomiendo a todos, a cada uno de ustedes, que jamás olviden los pronombres personales, “yo, me, mi, conmigo”… porque prestarnos atención a nosotros mismos, en el fondo, es la fórmula m

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