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El merengue: símbolo nacional

El merengue: símbolo nacional

Reportaje Especial.

Esta es una conversación sobre el merengue como símbolo nacional desde los ojos de la antropología y la sociología, un trabajo exclusivo de Carlos Andújar, asesor cultural de Centro León, acompañado por imágenes, más bien pinturas de grandes artístas, que salpicaron de color y luz nuestro más valioso patrimonio cultural.

El merengue ha ganado un sitial incuestionable, tanto en el gusto popular como en su irradiación como principal género musical y danzario de nuestro país.  A pesar de que su conversión en símbolo de la música nacional formó parte de una instrumentación ideológica por parte de la dictadura de Trujillo, de lo que ésta entendía en esos momentos como la dominicanidad. Tal vez, los atabales tengan una presencia más nacional, pero su matiz africano no era de interés para el régimen trujillista.

Proyectado a través del tiempo como un eje transversal de la música popular dominicana, el merengue ha sabido moldearse a las circunstancias sociales e históricas. Esa capacidad de readecuación, de reinterpretación, de adaptabilidad, explica más que ninguna otra razón la perdurabilidad de este ritmo que ha sabido convocar al mundo entero, vender en todos los mercados, llenar todos los escenarios, tanto nacionales como internacionales, y moldearse a todos los públicos, jóvenes, viejos, niños, mujeres, hombres, y gustar en todos los sectores sociales.

Este ritmo vive un reto permanente entre la congelación como vegetal cultural o el desafío de readecuarse y producir los cambios pertinentes que le han permitido permanecer en el gusto popular por tanto tiempo. Esto no se produce sólo y como resultado de una masiva publicidad y masificación comercial de los medios de comunicación; también el merengue ha tenido que demostrar la calidad, el impacto y las condiciones de adaptabilidad que cada época y cada público le exige en un momento determinado.

El merengue, a mi modo de ver, es frecuentemente castigado a partir de una concepción que mide el hecho cultural como algo estático, y en ese sentido, es malo todo lo nuevo que en él se introduzca, olvidando que es precisamente esa capacidad de adaptación que le ha permitido llegar hasta el día de hoy, sin percances mayores que la competencia que sostiene con la bachata en el gusto popular.

Ese permanente dinamismo y reto tal vez explique su proyección histórica. Los hechos culturales que se aferran al pasado de forma radical, que no son capaces de introducir modificaciones a sus estructuras fundamentales, desaparecen; esa es la ley de la cultura y el merengue no escapa a ello.

La tradición no es un sentido muerto o estacionario del hecho cultural, es precisamente tradicional lo que se viene haciendo desde hace mucho tiempo con las variantes que en cada circunstancia introducen los grupos humanos para hacerle viable y potable; de lo contrario, lo tradicional se pierde y lo sustituye otro hecho cultural, porque en todo esto, la cultura no la producen los pueblos como mera contemplación, sino que se construye como un recurso de vida, capaz de adaptar al ser humano a sus desafíos cotidianos.