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«Posverdad y amor»

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«Posverdad y amor»

TACONES CERCANOS.

En la pasada edición de la Feria del Libro de Santo Domingo tuve el honor de compartir mesa y charla con estupendos compañeros (Jeanne Marion Landais, Mark Freehill y Juan Ariel Jiménez), para desmenuzar juntos la cada vez más estrecha relación entre la posverdad (palabra del año en el 2016, según el Diccionario Oxford) y la literatura; es decir, el furor de leer ciencia ficción (“1984”, “Un mundo feliz”, “Farenheit 451”) vislumbrando futuros distópicos ante la sobresaturación de información indiscriminada alimentando las sorpresas que nos ha deparado la política mundial.
Durante mi presentación (que se centraba en la responsabilidad de los periodistas dentro de un mundo mucho más complejo) se me ocurrió comparar posverdad y amor, porque, mis queridos lectores, cuando uno está enamorado, se deja llevar por la emoción y manda a freír espárragos a los hechos objetivos, esas incómodas verdades que se interponen entre nosotros y la felicidad. Para muestra, millones de botones: “no me ha presentado a sus amigos, es sumamente reservado”, “no vivimos juntos, no tiene un buen recuerdo de sus antiguas convivencias”, “nuestra relación aún no es oficial, le gusta ir de a poco”, “no me ha llamado, le gusta respetar mi espacio”… y podríamos sumar miles de ejemplos en los que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos adaptado los escenarios para que el depositario de nuestro amor siga siendo ese ser ideal que tanto nos merecemos.
Pensé que las hormonas jugaban un papel fundamental en esa suerte de “atontolinamiento” que se produce en las primeras etapas del amor, en ese descorche en el que todo son burbujas y alegría. Y que cuando los fuegos artificiales se vuelven humo, se recupera el sentido de la realidad y el otrora enamorado se da cuenta de que si él/ella no llama, no aparece, da largas, nunca está, le engaña y no se compromete… pues, querido lector, ¡a usted no le quieren! Pero, hace dos noches, me topé con una estupenda película española, La próxima piel, y me di cuenta que este asunto de aceptar gato por libre, de ajustar mentiras a nuestras realidades, de necesitar creer desesperadamente en las cosas y en las personas que nos permitan seguir adelante… no es solo cuestión de enamorados.
La próxima piel es una película inquietante, donde nada es lo que parece, pero todo se vuelve posible ante los ojos de quienes esperan. Es la historia de Gabriel, un chico de diecisiete años que regresa a su hogar en los Pirineos catalanes después de haber estado desaparecido durante ocho años. Lo espera su madre, Ana, pero Gabriel tiene amnesia disociativa, por ende, no recuerda nada de lo que fue su vida anterior. Conforme van pasando los días, Gabriel va descubriendo su pasado (padre maltratador, madre sumisa, hogar disfuncional) y nos va sembrando cada vez más dudas.
En el aire sopla la urgencia de hacerse una prueba de ADN para saber si Ana y Gabriel son realmente madre e hijo. Estamos esperamos con ansia el momento de conocer la verdad hasta que una escena de la película desacelera la angustia: Ana y Gabriel bailan en un bar, riendo, felices; la música va desapareciendo, sólo existen ellos dos. Gabriel comienza a mencionar un recuerdo, quiere compartirlo con Ana; ella lo acepta, lo reconoce, y añade otra anécdota a la memoria familiar.
Entre risas, miradas, sorpresa (trabajos actorales sobresalientes de Emma Suárez y Alex Monner), logramos comprender que estos dos seres humanos no quieren un análisis de sangre para confirmar si son madre e hijo, simple y llanamente porque necesitan serlo. No hay otra opción más allá de sentirse acompañado, redimido en el amor de alguien, aunque para ello haya que inventar recuerdos o reprogramar calendarios, porque nada ni nadie puede interponerse en lo que dos personas desean creer.
La posverdad y el amor, señores, que podría adaptarse a cualquier otro aspecto de la vida: la religión, la moda, la profesión, la clase social y hasta el fútbol. Primero escogemos lo que deseamos creer y luego vamos ajustando la información objetiva que mejor nos encaje. ¡Ni más ni menos! La justa y necesaria para ser felices.

EDITORIAL.

Gabriela Llanos
Twitter: @gllanosg
Correo: [email protected]
Periodista y escritora… o viceversa
Militante acérrima del humor, fundamentalista de la curiosidad y defensora a ultranza del sentido poco común del común de las mujeres.

“Posverdad: palabra que denota aquellas circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales”

(DICCIONARIO OXFORD)

 

ESCENA INTERIOR/NOCHE. TÍPICO BAR EN UNA ESTACIÓN DE ESQUÍ DEL PIRINEO CATALÁN. Una mujer rubia, que ronda los cuarenta años, y un chico que no supera los diecisiete, bailan gustosamente cerca de la barra del bar. La música y los murmullos desaparecen. Solo existe la conversación entre ellos dos: “Me apetece regresar a Cadaqués este verano”, le dice él en un perfecto catalán. “¿Te acuerdas de cuando me quemé la espalda?”. Ella se detiene unos segundos incrédula, luego sonríe, sonríe desde adentro. “¡Te pasaste el día entero en el agua!”, responde en español. Él insiste, quiere saber qué hicieron después. Ella lo mira, mezcla de sorpresa y ternura, “creo que fuimos a comer un pulpo…”, dice en tono de duda; “te enfadaste porque quise beber de tu cerveza”, agrega él, “de tanto no me acuerdo” se suma ella y vuelve a bailar. Él la mira fijamente: “¿Me quieres?”, le pregunta, “¿me quieres como antes?”. Ella vuelve a sonreír con todo el cuerpo y se funden en un abrazo interminable. (PELÍCULA “LA PRÓXIMA PIEL” DE ISAKI LACUESTA)