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Tacones Cercanos: «Curtidas en la Desgracia»

TACONES CERCANOS.

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ÍBAMOS POR UNA CARRETERA EN SUIZA, observando la belleza del paisaje nevado tan propio de la época navideña, cuando mi hermana empezó a cantar “en un puerto italiano, al pie de las montañas, vive nuestro amigo Marco, en una humilde morada…”, con la familiaridad de las canciones repetidas hasta el cansancio durante la infancia.
Mi sobrina, de nueve años, que necesita preguntarlo todo para poder seguir respirando, se interesó por la historia de Marco y allí, sin anestesia, comenzó su bombardeo de preguntas: “¿Y dónde estaba el padre de Marco que lo dejó viajar solito en barco?”. Se sumó mi sobrino, con sus once años y un punto de vista mucho más práctico: “¿Nunca lo detuvo la policía? ¿Quién le daba dinero? ¿Qué comía el mono?”.
Mi hermana y yo nos miramos atónitas pues, en nuestra más tierna infancia, jamás nos habíamos planteado estas cuestiones. Nosotras simplemente nos dedicábamos a sufrir, a soltar lagrimones de los buenos por el injusto destino de Marco, que cuando parecía estar cerca de su madre, esta se le escabullía como el mercurio entre las palmas de las manos…
Y es que, queridos lectores, hay que reconocer que los que fuimos niños en los años ochenta venimos bien “curtidos en la desgracia”. Cuando nos habíamos recuperado un poco del llanto con Marco, ¡zas!, venía Walt Disney y nos presentaba a Bambi, ese tierno cervatillo, tímido, medio tontorrón, al que le toca presenciar cómo un malvado cazador se lleva a su madre para la comida familiar del domingo.
Y, por si fuera poca la injusticia, conocemos también a Heidi, otro dibujo animado japonés, una niñita de cinco años huérfana que es llevada a vivir con su abuelo, nada más y nada menos, que un auténtico ogro de los Alpes suizos. Cuando Heidi consigue amansar al ogro a punta de canciones, pan tostado y colaboración en el aseo de la cabras, ¡zas!,  se la llevan a Fráncfort a ejercer de dama de compañía de una niña inválida.
¡Cuánto sufrir, señores! Pero la cosa no queda ahí, porque entonces viene Candy, (otra vez los japoneses, pero con un gran toque de telenovela venezolana) y nos pone a sufrir por amor, pues a esta chica, también huérfana, se le muere el primer novio, el segundo la deja por una atormentada y el tercero es una suerte de inadaptado social que habla con los animales… He de confesar que haber nacido en una familia mitad española, mitad argentina, ayudó mucho a esto de que mi hermana y yo nos curtiéramos, y tan bien, en la desgracia.
Primero llegó mi abuela, con una voz templada, casi en un susurro para darle más intención al drama, y nos relató la historia del poeta español Vital Aza, la de la niña pordiosera que andaba con los pies desnudos, en pleno invierno, mendigando una moneda para comprarse una muñeca en Navidad. Mi hermana y yo terminábamos cogidas de las manos debajo de la cama imaginando a esa niña que muere congelada, abrazada a una muñeca de porcelana.
La parte argentina también se hacía sentir y a punta de tangos desgarrados. “Ese pensamiento triste que se baila”, como decía el autor Enrique Santos Discépolo, fue la banda sonora de mi hogar durante los fines de semana. Mi hermana y yo escuchábamos con especial congoja la historia del “Chiquilín de Bachín”, ese niñito con la cara sucia que vendía rosas en un elegante restaurante de Buenos Aires, al que hasta los Reyes Magos le roban los zapatos ¡Dios mío, existe algo peor! Colaboraba también mi madre con sus poemas de Antonio Machado, de Lorca o de Juana de Ibarbourou. Recuerdo especialmente aquella que me ponía tristísima por ese pobre árbol feo, la higuera, a la que nunca le dijeron hermosa…
“¿Tú crees que debería enseñarles todos los dramones que nos cantaron y contaron a nosotras cuando éramos niñas?”, me preguntó mi hermana con seriedad. Nos quedamos un rato en silencio, mirando a mis sobrinos, sus hijos, que eran felices con sus canciones en inglés y matando bichitos con los juegos del teléfono y la consola.
¿Queríamos para ellos esa sensibilidad tan honda que tenemos nosotras? ¿Queremos que estos niños comiencen a emocionarse por cada letra de canción triste, cada frase de libro maravillosa, cada atardecer hermoso, cada despedida, cada reencuentro, cada momento mágico que sólo descubres cuando estás atento a los sentimientos? ¡Claro que queremos esto! Porque nosotras dos fuimos “curtidas en la desgracia”, sí, y por eso, sólo por eso y en contraprestación, podemos vivir también hasta las mismísimas lágrimas las muchas alegrías que nos va regalando la vida.

EDITORIAL.

gabriela-llanos

Twitter: @gllanosg

Correo: [email protected]

Periodista y escritora… o viceversa

Militante acérrima del humor, fundamentalista de la curiosidad y defensora a ultranza del sentido poco común del común de las mujeres.

“La cronología de la infancia no está hecha de líneas, sino de sobresaltos”
(Héctor Abad Faciolince- periodista colombiano)
PLANO GENERAL DE UN PUERTO ITALIANO, AL PIE DE LAS MONTAÑAS… Siguiendo las estrofas de la canción que presenta la serie de dibujos animados japonesa, vemos a nuestro protagonista, a Marco, un pequeño niño de unos seis años, regordete, simpaticón, con las mejillas rojas y los ojos chispeantes, siempre acompañado de un monito albino que se ubica cómodo en su hombro izquierdo mientras el chico corretea “y se levanta muy temprano para ayudar a su buena mamá”.
Marco y su familia viven esa rutina feliz en la que se presupone debería transcurrir la infancia, “pero un día la tristeza llega hasta su corazón: mamá tiene que partir, cruzando el mar, a otro país”. De ahí en adelante, el pequeño Marco y su mono Amedio se embarcan en una aventura cargada de entuertos y desgracias, hasta hallar a su querida y buena mamá que anda transitando algún recóndito lugar de la Argentina. (“DE LOS APENINOS A LOS ANDES”, SERIE DE ANIMACIÓN JAPONESA).